Wenceslao
El problema con Wenceslao era que no se encontraba.
Caminaba todas las tardes desde Los Palos Grandes hasta Altamira, deteniéndose en cada café, cada floristería, cada frutería que se atravesaba frente sus ojos. Le gustaba esa zona por que aún con tráfico y delincuencia era tranquila, y poder observar de vez en cuando una guacamaya sobrevolando los edificios lo reconfortaba desde adentro.
A veces decidía montarse en el metro. Sentirse apretujado en los vagones, escuchar los chismes ajenos, sentir un aliento seco y alcoholizado en su cuello, tocar por accidente el culo enorme de la señora frente a él, contar cuanta gente tiene bigote y tratar de descifrar a las personas según lo que llevan en las manos era algo que lo entretenía durante horas. Cuando un día descubrió que le faltaba la cartera y que en su lugar habían colocado hojas de periódico dobladas, decidió realizar esta actividad moderadamente y sólo en casos de verdadera necesidad.
Pero el problema con Wenceslao era que no se encontraba. Con sus veintisiete años de edad ya tenía en su historial de vida cuatro novias serias, una operación de apéndice, una moto Yamaha heredada de su hermano, catorce borracheras críticas (esas en las que solo te acuerdas de las cosas por que te las dicen al día siguiente), una jaula de pájaros oxidada donde alguna vez vivió un turpial, unas cortinas horribles, unos trescientos cincuenta y cuatro vasos de cocada, una carrera de Ingeniería en telecomunicaciones no terminada y un vacío enorme en el medio del pecho del tamaño de una toronja.
Las cosas no son muy sencillas, mucho menos el día a día, el fin de mes lleno de cuentas y la soledad de la Plaza Francia cuando no tienes a nadie con quien sentarte a observar la neblina del Ávila, el sol sobre el Obelisco o las ratas enormes que salen de tanto en tanto a devorar un pedazo de jamón olvidado.
Así que sentado en un banco de aquella plaza, Wenceslao intenta perderse en el sonido de la fuente, en el de los niños patinando, en el de las cornetas de los automóviles y en el de alguna sirena de ambulancia para dejar a un lado, desechar y sepultar esa angustia transformada en carcoma que lo roe muy despacio y en forma circular.
Piensa en tardes calientes llenas de matas de mango. Un fin de semana en una plaza (otra plaza), en una ciudad (otra ciudad). En ese entonces todo era más sencillo, o al menos su mente todavía no estaba consciente de todos aquellos detalles que se irían acumulando con cada pestañeo de su vida en la ciudad. Su cuerpo, más delgado que el de ahora, exhibe cicatrices de caídas, peleas y excursiones. La única que no se encuentra es la de la operación por apendicitis, pues para esa todavía faltarían unos cuantos años más.
El negro Aguirre luce su nueva chemise Lacoste que le ha traído su padre en el último viaje de negocios. Todos lo envidian aunque permanezcan en silencio y seguro mañana aparecerá la dichosa chemise sin el cocodrilo que tanto la identifica. Pero él no envidia al negro, siquiera le hace caso, pues sus ojos están absortos en la nueva niña de la cuadra: Isabel.
Isabel su primera novia, Isabel su primer beso, Isabel su primera relación sexual, Isabel su primer amor... ¿Su primer amor? Y quizás el único hasta hoy en día.
Cuando vuelve a abrir los ojos la Plaza Francia está más vacía que de costumbre. Hay frío en el aire y ya no hay tiempo de ir a comprar parchitas, pues seguramente los locales están cerrados. Wenceslao arrastra los pies y llega a su apartamento estudio más por inercia que por motivo alguno. Está más triste que cuando salió a caminar. Cuando respira siente que el aire sale a través del hueco situado en su pecho que ya en vez de toronja parece un melón. Le provoca escuchar boleros, tonadas frías, de amor y desamor; pero sabe que eso solo empeoraría las cosas y él lo que menos necesita en este momento es ponerse a llorar.
Sólo ha derramado lágrimas dos veces en su vida. La primera vez, con siete años de edad, después de una golpiza que le dio su padre tras una noche de cervezas y anís. La segunda cuando descubrió a Isabel, de la que entonces era novio desde hacía más de dos años, dándole satisfacción oral al negro Aguirre en los baños del cine. Desde entonces juró no llorar y menos aún por una mujer.
La vista desde el balconcito de su apartamento es muy variada. Al frente tiene un edificio más grande que donde él vive que le tapa completamente el panorama del Ávila, a mano derecha hay una panadería muy vieja que está manejada por árabes y no por portugueses como se podría imaginar en una ciudad como Caracas, y a la izquierda, una pequeña isla con un par de bancos donde nunca jamás ha visto que alguien se haya sentado.
Pero las lágrimas y las vistas no eran el problema. Wenceslao no se encontraba y ahora ponía en duda si alguna vez lo había hecho en realidad. El recuerdo de una infancia remota en las calles de Barquisimeto, las novias que perdió por idiota y de las que jamás logró sacar provecho, su poco talento al manejar instrumentos musicales, su ignorancia total hacia personas como Descartes o Tolstoi, su manía de pasarse la mano por la cabeza cada doce segundos exactos, su fobia a las palomas mensajeras y su increíble falta de orientación en lugares conocidos eran apenas breves bocados de las dentelladas que daba la carcoma en torno a la parte frontal de su torso.
Con apenas veintisiete años de edad se empezaba a volver calvo y un par de grandes ojeras se hacían huéspedes perpetuos de su rostro.
Ya estaba cansado, o mejor dicho obstinado de su rutina, de su día a día, de sus noches solitarias, de su trabajo monocromático, de Súper Sábado Sensacional y del vacío transformado en un hoyo que ahora poseía las dimensiones de una calabaza.
De esa manera, bajo un impulso que decidió obedecer, Wenceslao se calzó con sus mejores zapatos, agarró una guayaba fresca del refrigerador, se colocó en el cuello un rosario anaranjado y deicidio partir rumbo al Parque del Este que, aún quedándole muy cerca de su casa, jamás había tenido las agallas de visitar por ubicarse éste en el sentido contrario de su ruta de caminante.
04/01/2009
Wenceslao
Escrito por
Santiago Zerpa
a las
9:11 PM
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