Regen
Siempre me ha fascinado ver como caen las gotas de lluvia contra el vidrio de mi ventana. El cielo se cubre, el sol muere y todo, hasta las cosas más hermosas, adquiere un aire lúgubre en fracciones de segundo.
Algo que me saca de quicio es percibir ese particular olor del agua que no termina de caer de una vez por todas. Estancada entre las nubes, se frota una y otra vez sobre sí misma esparciendo su aroma para avisarnos el acontecimiento próximo que va a ocurrir. Ese olor previo y condensado es terrible para aquellos días en los que despiertas con una sonrisa inimaginable y con ganas de enamorar al mundo.
Pues sí, el olor previo me asquea, pero el acto de la lluvia cayendo sobre cada rincón de la ciudad me fascina. Ver como cae una gota al lado de otra gota que cayó hace nada en medio de otras tres gotas que casi chocan con las otras gotas que habían caído muy cerca de las gotas aquellas que se unieron con las primeras gotas y que ahora ya casi no se distinguen por las nuevas gotas que salpicaron a las gotas anteriores en pequeños intervalos de una armonía eufórica que podría sin ningún problema compararse al acto de hacer el amor contra la pared.
Para fascinarse basta con observar atentamente el vidrio de tu carro mientras manejas. Una gota rebelde que logra escapar del techo del vehículo se desliza con todas sus fuerzas por la superficie del parabrisas. No sólo lucha para asegurar su supervivencia dejando en su estela la menor cantidad de partículas de agua que la conforma, sino que además el eterno azote del limpiaparabrisas subiendo y bajando (lo cual le recuerda no sé porqué a una guillotina) elimina casi por completo cualquier vía de escape. ¿Solución? Crecer. Es una carrera exacta en la que la gota debe ir absorbiendo a sus parientes de menor tamaño para adquirir mayor volumen, es decir, velocidad. Pero debe hacerlo de una manera en la que agarre la cantidad necesaria en línea recta y confiar que su peso sea lo suficientemente adecuado para pasar en medio de las aspas limpiaparabrisas mientras ambas estén en su punto más alto. ¿Difícil? No lo dudo, y menos aún cuando alrededor observas a tus allegados estancados en una muerte segura o borrados para siempre por el aspa negra cubierta de goma. Para colmo tiene una sola oportunidad, un error y será el último.
En esta mano tengo sujeto firmemente un Colt Anaconda calibre 44. Adentro una sola bala. No pienso en el suicidio por falta de cojones y de motivos. La ruleta rusa no es más que una idiotez en la cual las personas ingenuas caen por diversión (si es que se puede llamar diversión al hecho de ver sesos regados por todas partes).
¿Entonces cual es el motivo que me impulsa a sostener esta arma? Pues la duda, nada más que eso. Si tuvieras en tus manos un arma cargada con una única munición… ¿La gastarías? ¿En qué? ¿En quién? En segmentos de segundos pasan por tu mente muchas caras y situaciones que te gustaría enmendar, pero ¿Una bala? ¿No es demasiado? ¿No es malo? Pero ¿Qué es ser malo? ¿Ellos no fueron malos antes? ¿Por eso no merecen un castigo? ¿Cuándo se rebasa el límite de maldad? ¿Se es malo hasta que punto?...
Mi bala prefiero no desperdiciarla. Tras un leve silbido del cañón y un ligero humo blanco que sale del mismo el espejo parabrisas del carro vuela en pedazos. Ahora son libres las gotas, mis gotas.
Cuando llueve las personas se quedan en un estado neutro. No reaccionan rápidamente, sus ánimos decaen, la actitud de vida se amolda quizás al color de las nubes o a la monotonía de las ondas del charco se abraza a la redundancia que cada uno de nosotros vivimos. Nadie se baña en medio de la calle, ni baila, ni canta, ni nada. La gente le teme a este singular estado del ambiente que rompe el papel celofán que nos cubre y nos empapa por igual los unos a los otros.
Yo no corro de la lluvia, camino entre ella. El eterno golpeteo contra mi cabeza ayuda a despejar todos aquellos pensamientos que saturados entre sí desgarran mi cráneo sin pudor. Por fin logro respirar en un ambiente puro y limpio que se lleva todo, que aniquila todo. Los cientos de cangrejos que habitan en mi pecho huyen aterrados a sus respectivos hoyos. Poco a poco el agua va aplanando y perfeccionado la arena a como debería ser en un principio. Sin orificios ni tenazas anaranjadas saliendo de los mismos.
La señorita Purpurina siempre aparece en los momentos más extraños. De pronto volteo y ella está sonriéndome en lo más alto de un edificio mientras sostiene un pastel de arándanos. Lo deja caer y el pavimento se tiñe de un morado intenso. Mis zapatos, que están hechos de tela, empiezan a filtrar el agua hasta mis medias. Siento el paso más pesado y forzoso mientras huyo del olor a arándanos y de la mirada incesante de la señorita. Sus ojos me culpan, me culpan, me culpan y no sé de qué.
En esos momentos me provoca tener una tiza anaranjada en el bolsillo y escribir sobre el primer muro vacío que encuentre la palabra retroceso. Todo se devolvería al estado inicial de mi persona que aún no había decidido avanzar en medio de la lluvia y que observaba con tristeza lo sólo que se encontraba. De todas formas su silueta hubiera interrumpido en mi espacio de una manera u otra, y la molestia de retroceder sería en vano. Lo único que podría funcionar sería colocar veintidós aceitunas verdes en la entrada de mi casa. Esa hermosa redondez que poseen las olivas logra retener a Purpurina el tiempo suficiente para que yo pueda escapar a un lugar donde no se atreva a buscarme.
En un momento de descuido escampa. Los ríos formados recientemente siguen arrastrando toda la basura que pueden. Un frío que sale por debajo de las cortinas consigue que mi cuerpo empiece a temblar. Estoy calado a más no poder, y esto por lo general estamparía en mi rostro una sonrisa llena de satisfacción. Pero después del encuentro mi mente sólo puede llenarse con mil palabras en alemán que no tienen un orden estructurado. Mein deutsch saugt.
Siempre me ha fascinado ver como caen las gotas de lluvia contra el vidrio de mi ventana. El cielo se cubre, el sol muere y todo, hasta las cosas más hermosas, adquiere un aire lúgubre en fracciones de segundo.
Algo que me saca de quicio es percibir ese particular olor del agua que no termina de caer de una vez por todas. Estancada entre las nubes, se frota una y otra vez sobre sí misma esparciendo su aroma para avisarnos el acontecimiento próximo que va a ocurrir. Ese olor previo y condensado es terrible para aquellos días en los que despiertas con una sonrisa inimaginable y con ganas de enamorar al mundo.
Pues sí, el olor previo me asquea, pero el acto de la lluvia cayendo sobre cada rincón de la ciudad me fascina. Ver como cae una gota al lado de otra gota que cayó hace nada en medio de otras tres gotas que casi chocan con las otras gotas que habían caído muy cerca de las gotas aquellas que se unieron con las primeras gotas y que ahora ya casi no se distinguen por las nuevas gotas que salpicaron a las gotas anteriores en pequeños intervalos de una armonía eufórica que podría sin ningún problema compararse al acto de hacer el amor contra la pared.
Para fascinarse basta con observar atentamente el vidrio de tu carro mientras manejas. Una gota rebelde que logra escapar del techo del vehículo se desliza con todas sus fuerzas por la superficie del parabrisas. No sólo lucha para asegurar su supervivencia dejando en su estela la menor cantidad de partículas de agua que la conforma, sino que además el eterno azote del limpiaparabrisas subiendo y bajando (lo cual le recuerda no sé porqué a una guillotina) elimina casi por completo cualquier vía de escape. ¿Solución? Crecer. Es una carrera exacta en la que la gota debe ir absorbiendo a sus parientes de menor tamaño para adquirir mayor volumen, es decir, velocidad. Pero debe hacerlo de una manera en la que agarre la cantidad necesaria en línea recta y confiar que su peso sea lo suficientemente adecuado para pasar en medio de las aspas limpiaparabrisas mientras ambas estén en su punto más alto. ¿Difícil? No lo dudo, y menos aún cuando alrededor observas a tus allegados estancados en una muerte segura o borrados para siempre por el aspa negra cubierta de goma. Para colmo tiene una sola oportunidad, un error y será el último.
En esta mano tengo sujeto firmemente un Colt Anaconda calibre 44. Adentro una sola bala. No pienso en el suicidio por falta de cojones y de motivos. La ruleta rusa no es más que una idiotez en la cual las personas ingenuas caen por diversión (si es que se puede llamar diversión al hecho de ver sesos regados por todas partes).
¿Entonces cual es el motivo que me impulsa a sostener esta arma? Pues la duda, nada más que eso. Si tuvieras en tus manos un arma cargada con una única munición… ¿La gastarías? ¿En qué? ¿En quién? En segmentos de segundos pasan por tu mente muchas caras y situaciones que te gustaría enmendar, pero ¿Una bala? ¿No es demasiado? ¿No es malo? Pero ¿Qué es ser malo? ¿Ellos no fueron malos antes? ¿Por eso no merecen un castigo? ¿Cuándo se rebasa el límite de maldad? ¿Se es malo hasta que punto?...
Mi bala prefiero no desperdiciarla. Tras un leve silbido del cañón y un ligero humo blanco que sale del mismo el espejo parabrisas del carro vuela en pedazos. Ahora son libres las gotas, mis gotas.
Cuando llueve las personas se quedan en un estado neutro. No reaccionan rápidamente, sus ánimos decaen, la actitud de vida se amolda quizás al color de las nubes o a la monotonía de las ondas del charco se abraza a la redundancia que cada uno de nosotros vivimos. Nadie se baña en medio de la calle, ni baila, ni canta, ni nada. La gente le teme a este singular estado del ambiente que rompe el papel celofán que nos cubre y nos empapa por igual los unos a los otros.
Yo no corro de la lluvia, camino entre ella. El eterno golpeteo contra mi cabeza ayuda a despejar todos aquellos pensamientos que saturados entre sí desgarran mi cráneo sin pudor. Por fin logro respirar en un ambiente puro y limpio que se lleva todo, que aniquila todo. Los cientos de cangrejos que habitan en mi pecho huyen aterrados a sus respectivos hoyos. Poco a poco el agua va aplanando y perfeccionado la arena a como debería ser en un principio. Sin orificios ni tenazas anaranjadas saliendo de los mismos.
La señorita Purpurina siempre aparece en los momentos más extraños. De pronto volteo y ella está sonriéndome en lo más alto de un edificio mientras sostiene un pastel de arándanos. Lo deja caer y el pavimento se tiñe de un morado intenso. Mis zapatos, que están hechos de tela, empiezan a filtrar el agua hasta mis medias. Siento el paso más pesado y forzoso mientras huyo del olor a arándanos y de la mirada incesante de la señorita. Sus ojos me culpan, me culpan, me culpan y no sé de qué.
En esos momentos me provoca tener una tiza anaranjada en el bolsillo y escribir sobre el primer muro vacío que encuentre la palabra retroceso. Todo se devolvería al estado inicial de mi persona que aún no había decidido avanzar en medio de la lluvia y que observaba con tristeza lo sólo que se encontraba. De todas formas su silueta hubiera interrumpido en mi espacio de una manera u otra, y la molestia de retroceder sería en vano. Lo único que podría funcionar sería colocar veintidós aceitunas verdes en la entrada de mi casa. Esa hermosa redondez que poseen las olivas logra retener a Purpurina el tiempo suficiente para que yo pueda escapar a un lugar donde no se atreva a buscarme.
En un momento de descuido escampa. Los ríos formados recientemente siguen arrastrando toda la basura que pueden. Un frío que sale por debajo de las cortinas consigue que mi cuerpo empiece a temblar. Estoy calado a más no poder, y esto por lo general estamparía en mi rostro una sonrisa llena de satisfacción. Pero después del encuentro mi mente sólo puede llenarse con mil palabras en alemán que no tienen un orden estructurado. Mein deutsch saugt.






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