Merengue en Berna
José Ignacio siempre quiso viajar a la costa. Soñaba con el mar, sus olas infinitas, las gaviotas que circundan el atardecer, la espesa arena entre los dedos de los pies y un olor eterno a mariscos. Claro, el no sabía nada de esto, pero gracias a la gran cantidad de revistas turísticas que almacenaba su madre bajo la cama podía instruirse con el mundo añorado. La vida en la montaña no era mala, pero sí increíblemente aburrida. Todos los días las mismas cabras, las mismas papas para el almuerzo, los mismos pinos, las mismas montañas, el mismo sonido hueco de que no hay movimiento. No entendía cómo alguien como él había nacido en Suiza, o mucho menos cómo su familia dominicana se había instalado en un país sin mar. Un lugar sin merengue, sin bachata, sin sazón, peloteros y playa. José Ignacio lloraba aferrado a un traje de baño sin estrenar soñando con el día en que podría llenarlo de agua salada.
Estaba cansado de que el cuarto lunes del noviembre fuese el mercado de cebollas en su natal Berna, estaba cansado de la estúpida cruz en todas partes y además de vivir en suma tranquilidad toda su existencia. No lo pensaría dos veces en cambiar las cebollas por jureles, la cruz por guantes de beisbol y la pasividad eterna por un par de asaltos a mano armada. Quería emociones, olores, vivencias y sensaciones que ese país no podía brindarle. Sentía que lo único que servía en él era su nombre, que gracias a dios, lo heredó como tradición familiar en los primogénitos varones. De lo contrario su madre le hubiese puesto un nombre como Hans o Pietr. Necesitaba manifestar su sangre latina de alguna manera, emborracharse bebiendo licores de caña de azúcar, tatuarse a Juan Pablo Duarte en el pecho, gastar sus pesos en tabaco, comer carne con arroz y granos en el almuerzo y celebrar el Carnaval con toda la euforia de sus veinticuatro años.
Quizás la razón más importante por la que añoraba el mar eran las mujeres. Se masturbaba pensando en esas morenas de cinturas perfectas y culos enormes que menean todo con un merengue bien sabroso. Quería tener sexo con todas las dominicanas, chupar todas esas tetas de pezones oscuros, revolcarse desnudos sobre la arena, sentir esas nalgas entre sus manos. Las suizas no brindaban para él ninguna fantasía, y era frustrante. Había tenido relaciones sexuales con un par de ellas, “sexo con un rábano” según sus palabras. Prefiere complacerse pensando en mujeres de color bronce hasta el momento en que sus fantasías se manifesten físicamente en las orillas de Puerto Plata.










